
"Aquí reside para mí todo el drama: en la conciencia que yo poseo, y usted mismo lo puede ver, de que cada uno de nosotros se cree uno, sin que ello sea verdad; porque cada uno de nosotros es muchos, sí señor, muchos, dependiendo de todas las posibilidades de ser que llevamos dentro: uno con éste, uno con aquél; ¡y tan distintos! E imaginamos, sin embargo, que siempre somos el mismo para todos, y siempre el mismo que nosotros creemos ser en cada uno de nuestros actos. ¡Y no es verdad, no es verdad! Cuando en alguno de nuestros actos, en un hecho desventurado, nos quedamos de repente como paralizados, como sólo de él pendientes, nos damos cuenta de que, en ese hecho, no está todo nuestro ser: y sería por tanto una injusticia atroz si se nos juzgara sólo por eso, si se nos expusiera al escarnio, inmóviles y atrapados para toda la vida, como si toda nuestra existenciase viera consumada en ese hecho."(L. Pirandello, Seis personajes en busca de autor)
Es extraño, no nos sentimos culpables por nada que podamos haber hecho (nadie tiene objetivamente culpa de nada). Nos sentimos culpables bajo la mirada de otro, y es precisamente asumir imaginariamente esa mirada sobre nosotros, asumir sus incoherentes mandatos (debiste hacer esto o aquello, creemos que nos dice), lo que nos hace sentirnos cada vez más culpables. Es ese mandato superyoico, la voz del padre simbólico, que cuanto más obedecemos más culpables nos hace sentir. Moraleja: es hora de dar muerte al padre, simbólicamente hablando. ¿Pero quién es el padre, el depositario de la ley? ¿Ese tipo? ¿Aquél profesor de primaria que te dijo una vez "me esperaba más de ti" aunque se equivocara (aquella vez que te diste cuenta de que siempre tendrías razón, pero no te iba a servir de nada porque te falta otra cosa)? ¿Yo mismo?
Vaya semanita llevo, y lo que me queda.




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