Sin sensiblerías, con ánimos de poner la máquina a pensar más y a dejarse llevar menos, este libro me lo recomendó en su momento alguien que me vio asomarme por el sumidero. En cualquier caso es una excelente lectura sobre la cual meditar, tanto si al final éste se te acaba llevando, como si te sorprendes a ti mismo apareciendo ileso del otro lado. Y si no hablo de ilesos que no hayan pasado por ahí, es porque no existen.Bella del señor de Albert Cohen es una novela sobre el amor, pero no es una novela romántica. Antes que una novela de amor, es una novela sobre el amor puesto que lo pone en jaque, cuestionando sus evidencias y todos los tópicos conformistas al respecto (también el tópico contra el amor: pues tratar de entenderlo y de afrontarlo de un modo realista, no significa tener que destruirlo).
Tal como nos muestran algunos pasajes donde se acumulan páginas y páginas de consciente ñoñería y de repetitivas fórmulas románticas (que se añaden al cuadro de caricaturas de la Europa de entreguerras trazado por Cohen, desde el grupo de judíos a los inútiles funcionarios de la Sociedad de Naciones), el amor como una relación exclusiva entre dos es terriblemente aburrido y abrumador. Y por extensión el sexo, que para el protagonista Solal no es más que un obligado recurso para mantener el contacto con la otra persona, o simplemente para dejar pasar el tiempo sin tener que enfrentar conversaciones vacías ancladas en la cotidianeidad del aislamiento de una «pareja» (cuando Ariane escapa de su marido, un subordinado de Solal en la Sociedad de Naciones, éste es naturalmente despedido y se ve condenado a vagar sin poder encontrar ningún empleo y quedando abocado a destinar todo su tiempo y esfuerzo a su relación).
Y es que Bella del señor es un libro sobre la soledad de la «pasión», sobre el silencio que sobrevuela una relación que queda aislada de toda sociedad, y que se ve obligada a encerrase en sí misma. Es también y sobre todo, un libro sobre las ilusiones del amor: sobre el modo en que se produce la ficción para enmascarar y canalizar una pulsión que de otra forma sería inadmisible. En este sentido es central el capítulo XXXV en el cual Solal seduce a Ariane (ejemplar de ese instinto aristocrático que se desentiende, por supuesto sin saber que lo hace, de todo lo «bajo» y «vulgar» que reprime aun en sí mismo). Y lo hace precisamente por medio de un largo discurso en el que le da cuenta de esto, del modo en que la mujer busca el refinamiento de lo social como símbolo/máscara de la violencia (en particular de la violencia de clase, que se encuentra reflejada en los atributos de la «elegancia» y el «buen gusto»), como coartada para su verdadero objeto de deseo: la potencia sexual y el poder de matar. Irónicamente, Solal seduce a Ariane al constatar los hechos… en forma de ficción. Solal dice la verdad, naturalmente; ahora bien, ella no creerá la verdad de lo que dice sino el modo teatral en que lo dice y de este modo es como basará su amor en el viejo y sano autoengaño.
Lo que nos relatará la novela, será el modo en que la relación de Solal y Ariane va encerrándose en un callejón sin salida imposible: al quedar aislados de la sociedad (destino inevitable para el judío Solal en estas vísperas de la hecatombe europea de la Segunda Guerra Mundial), resultará cada vez más difícil dar una cobertura apropiada a la brutalidad desnuda del amor, a la ambivalencia autodestructiva de la sexualidad y del poder de matar, o en otras palabras de eros y todestrieb. La imposibilidad de, dicho también à la Freud, encontrar un rodeo en el «principio de realidad» (el rodeo que hace que el juego dure). El desmoronamiento progresivo de estas ficciones y el terror manifiesto de Solal ante una situación que se le está escapando de las manos, finalmente desencadenarán el curso desnudo de la ambivalencia pulsional y desatarán la inevitable conclusión. La de cualquier historia de amor que no trate de sobrevivir pasando a través de otra cosa: de lo social, de la distracción o de la ignorancia.
Fragmento:
«Lo social, sí. Por supuesto, ella es demasiado noble para ser esnob, y está convencida de que no concede ninguna importancia a mi sub-bufonería general. Pero su subconsciente es tremendamente esnob, como todos los subconscientes, adoradores todos ellos de la fuerza. Protesta en silencio, opina que tengo una mente vil. Está tan convencida de que lo que cuenta para ella es la cultura, la distinción, la delicadeza de sentimientos, la honestidad, la lealtad, la generosidad, el amor a la naturaleza, etcétera. Pero, ¿no ves, estúpida, que todas esas noblezas denotan pertenencia a la clase de los poderosos, y que ahí reside la razón profunda, secreta que tú ignoras, por la que les concedes tal importancia? Esa pertenencia es la que constituye en realidad el encanto del tipo a ojos de la monada. Por supuesto, no me cree, ni me creerá nunca.» (Del capítulo XXV)




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