"Al lugar que te dije hemos llegado
donde verás las gentes dolorosas
que sin el bien del alma se han quedado".
Tomó mi mano, y con sus animosas
miradas y su voz me conforté
y él me introdujo en las secretas cosas.
Llantos, suspiros y ayes escuché
resonando en el aire sin estrellas
y por eso a llorar allí empecé.
(...)
Yo, que de horror sentíame embargado,
dije: "Maestro, ¿cuál es este ruido?
¿Qué gente, qué dolor la ha golpeado?"
Y él a mí: "De las almas que han vivido
de modo que ni el bien ni el mal hicieron
brota este triste y mísero alarido.
Con la compaña, aquí, se confundieron
de ángeles ni rebeldes ni leales
a Dios: que de sí mismos sólo fueron.
Ciérranseles las puertas celestiales
y el infierno, pues gloria habrían dado,
aunque poca, a las almas criminales".
(Dante, Divina Comedia, Canto III)




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