domingo, 10 de febrero de 2008

"Naturaleza" humana


En El anticristo, Nietzsche se refería al hombre en los siguientes términos: en primer lugar, lejos de quedar privilegiado, queda igualado con cualquier otro objeto del mundo ya que todo ser figura a su mismo nivel de perfección; sin embargo, en segundo lugar, el hombre es de hecho el más imperfecto de los animales, el único que puede considerarse «desviado» (y en esto radica su interés).


«El hombre no es, en modo alguno, la corona de la creación, todo ser está junto a él, a idéntico nivel de perfección… Y al aseverar esto, todavía aseveramos demasiado: considerado de modo relativo, el hombre es el menos logrado de los animales, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos –¡desde luego, con todo esto, también el más interesante!» (F. Nietzsche, El anticristo, Madrid: Alianza, 1978, p. 38.)


El segundo paso, y no el primero, es el más difícil de dar hoy día. Por eso es preciso evitar la complacencia habitual que equipara al hombre (otro significante, lo sabemos bien) con un objeto más de la naturaleza. Dando por supuesto que no es tampoco el señor de la Creación, el hombre solamente puede ser pensado como lo hace Nietzsche: por un lado, un objeto más del mundo; por otro lado, el único objeto desviado del mundo. Dicho de otro modo, «el hombre» es el único animal acerca del cual dudamos lo suficiente como para designarlo entre comillas.


¿No es esta distinción (naturaleza/desviación) la que late en la distinción freudiana entre «instinto» y «pulsión»? En efecto, el «instinto» se satisface siempre por medios aparentemente naturales (un instinto es un sistema de estímulo y respuesta). Sin embargo, la sexualidad humana no es instintiva sino pulsional: de ahí la afirmación básica del psicoanálisis, tan difícil de tolerar, de que la sexualidad humana es siempre una sexualidad perversa (en el sentido técnico de «perversión», desde luego fuera de cualquier debate moral).


Aquí encontramos por tanto uno de los temas filosóficos más relevantes hoy día, si es que pretendemos combatir las tesis ideológicas hegemónicas. La biologización de todo, por tanto su naturalización, ¿no es acaso la forma más reciente en que se ha conseguido mantener al hombre preso como un animal de granja (o como una víctima eternamente potencial de la violación de los «derechos humanos», derechos precisamente del hombre-víctima a subsistir en su vida animalizada)? (Cf. A. Badiou, La ética, en http://www.elortiba.org/badiou.html.) Lo que el biologismo suele silenciar, es precisamente el segundo paso que ya Nietzsche se atrevió a apuntar: si bien el hombre es un animal más, sin embargo no es menos cierto que es el único animal originalmente desviado.


¿Y no es acaso esa desviación, esa profunda aleatoriedad del animal humano, lo que convierte al «hombre» en ese abrumador e intolerable espacio de libertad? Desde luego, una libertad lejana de la que actualmente suelen promover los neoliberales (que, parafraseando el dicho de Robespierre, quieren una libertad sin libertad): lejos del libre mercado, la forma humana de la libertad es aquella que hace posible desear lo indeseable (en último término, la libertad tiene que ver con la formulación freudiana de la pulsión de muerte). Es la libertad del crimen, que ningún sistema legal puede permitir, y es aún la libertad temible que encarna hoy la figura del «terrorista suicida». Es la libertad de la revuelta callejera en los suburbios de la civilizada Europa. Pero una vez más con Nietzsche, tendremos que reconocer (afirmación arriesgada, por cierto) esa desviación como lo que hace del hombre un animal relativamente interesante.

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