viernes, 8 de febrero de 2008

Maquiavelo


Terminado por mi parte el grueso de los exámenes de febrero, ayer me pasé el día preparando algunos materiales sobre mi buen amigo Maquiavelo (leyéndolo, porque así resulta más interesante e instructivo, a través de tan grandes intérpretes de su obra como Gramsci y Althusser).


Sin embargo, cuando se trata de ordenar la república, de mantener el estado, gobernar el reino, organizar el ejército y llevar a cabo la guerra, juzgar a los súbditos o acrecentar el imperio, no se encuentra príncipe ni república que recurra a los ejemplos de los antiguos. Esto procede, en mi opinión, no tanto de la debilidad a que ha conducido al mundo la presente religión, o del mal que el ocio y la ambición han causado en muchas provincias y ciudades cristianas, como de no tener verdadero conocimiento de la historia, y de no extraer, al leerla, su sentido, ni gozar del sabor que encierra. De donde nace que muchos lectores se complacen al escuchar aquella variedad de sucesos que contiene, sin pensar de ningún modo imitarlos, juzgando la imitación no ya difícil, sino imposible, como si el cielo, el sol, los elementos, los hombres, hubieran variado sus movimientos, su orden y sus potencias desde los tiempos antiguos. (N. Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, I, Proemio. Madrid: Alianza, 1996, pp. 26-27.)


Maquiavelo no es un renacentista, por cuanto que desprecia esa mera afición estética de sus contemporáneos por antigüedad clásica; lo que Maquiavelo acude a buscar en ella, es justamente lo que todos creen imposible de imitar: su política. La historia se convierte para Maquiavelo en una fuente de ejemplos que pueden y deben ser imitados, y esto es así por cuanto que en lo fundamental los hombres son siempre los mismos, y ya los antiguos se enfrentaron en política a los mismos problemas que los contemporáneos. Por eso en la Roma clásica Maquiavelo encontraría un modelo político para tener en cuenta: puesto que en sus sucesivas formas de Monarquía, República e Imperio, consiguió durar desde el siglo VIII a.C. hasta la caída del Imperio Romano de Occidente el 476 d.C.

No hay comentarios: