jueves, 3 de enero de 2008

Perversiones apolíticas

Recientemente, he tenido la oportunidad de ver la película de Ang Lee, "Se, Jie" ("Deseo, Peligro)". He oído que la crítica la ha celebrado; craso error.

La película se sitúa en Hong Kong y Shangai durante la ocupación japonesa, y comienza con el relato de la formación de una pequeña célula de estudiantes "patriotas" (nota bene: hasta casi el final de la película no nos enteramos de que son comunistas) que planean el asesinato de un colaboracionista chino. En la teoría suena bien, ¿no es cierto? Desengáñense. La película es incapaz de aprovechar temas tan jugosos como la guerra chino-japonesa, la frágil alianza entre nacionalistas y comunistas, las pretensiones imperialistas de Japón en Asia, la ocupación...

En otras palabras: en esta película no hay historia. No quiero decir anécdota: me refiero a la historia, al registro de las prácticas colectivas que determinan la intervención individual (y que la individualizan, como una intervención única, dada a partir de una posición que en lo fundamental es irrepetible). Sin esa historia, sin ese marco colectivo, la narración de las individualidades decae como pura y simple anécdota sin ningún interés (arbitraria, supérflua). Es lo que sucede en esta película, que por medio del alarde costumbrista de vestuarios y decorados, intenta ocultar el hecho simple y llano de que la anécdota narrada podría del mismo modo (es decir, mal) haberse ubicado en cualquier otro lugar, en cualquier otro tiempo.

¿Qué es lo que esta película, a-histórica y a-política, nos cuenta por tanto? Ah, sí, lo eterno. El amor. Toda la película gira en torno al modo en que la protagonista, miembro de la célula de resistentes que tiene por misión infiltrarse en el entorno del colaboracionista, seduce a éste y termina ella misma dejándose seducir. Hasta el punto de cometer insensateces (sobra decirlo, pero tampoco quiero revelar "detalles de argumento", si los hubiere, así que no digo más).

¿Qué sucede, sin embargo, con el amor? Este amor apolítico y desprovisto de historia se limita a una serie de secuencias cinematográficas subidas de tono, si es que a alguien le ponen nervioso esas cosas. Pues resulta que el colaboracionista (¿he olvidado añadir el detalle más hermoso de su carácter, su condición de torturador?), es aficionado a unas prácticas sexuales un tanto perversas. Según parece confesar la protagonista, es a través de estas desagradables prácticas que, paradójicamente, ella se deja enredar en el asunto.

Ahora, me detengo en este último problema. El colaboracionista me ha recordado que hoy el poder ostenta visiblemente su goce perverso. Pienso en cierto ex-presidente, y en los rumores sobre su affair por tierras norteamericanas. Pienso en Sarkozy exhibiendo públicamente lo que creo que con toda propiedad, y no sé hasta qué punto con escándalo, deberíamos llamar su adulterio. Hace algún tiempo, salieron a la luz algunos rumores sobre la afición de los parlamentarios italianos al sexo mercenario (entre otras cosas), y creo recordar declaraciones de una prostituta acerca de cómo los políticos de izquierda eran unos sosos y unos llorones. A diferencia de los derechistas: éstos sí que saben cómo divertirse.

¿Cuál es la forma de sexualidad que en efecto nos proponen estas figuras del poder? Fundamentalmente, un mandato superyoico a gozar (como ya señaló correctamente Lacan). Pero al mismo tiempo, fijando nuestra obediencia en este mandato, lo que nos mandan es otra cosa: que dejemos esta sexualidad en la inocencia apolítica y ahistórica. Idealmente, en el mundo abstracto de una habitación de hotel sin puertas ni ventanas.

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