
La primera lección de política que recuerdo debe datar, si no he encajado mal las piezas, de allá por noviembre de 1989 (cuatro añitos tenía yo). Solamente recuerdo una frase: "ha caído el muro de Berlín". Pero aquello significaba algo. La verdad es que todo cambió bastante a partir de entonces, la gente es también distinta y quizás haya una verdadera separación entre todos aquellos que escucharon esas palabras, que estuvieron atentos del acontecimiento (por así llamarlo...) y quienes no. Los que no se dieron por enterados, pertenecen a la "postmodernidad", al siglo XXI, a la contrarrevolución política y cultural desatada desde entonces (y ya desde antes, desde la derrota de los últimos movimientos del siglo). Los que sí nos dimos por aludidos con aquello, en el momento o con retraso qué más da, estamos marcados y pertenecemos a otro tiempo, al siglo XX.
El siglo XX no fue Zen. Fue el siglo de las mayores brutalidades pero también creó una oleada inédita de voluntad colectiva y de ansias de liberación. Fue el siglo de la rebelión de masas, hasta ese momento inconcebible. Fue el siglo de las izquierdas, y solamente desde ese punto de vista se lo puede entender, a él y a las fuerzas que se limitaron a reaccionar en contra suyo. Fue el siglo de lo que Alain Badiou llama "la pasión de lo real": fue en definitiva el siglo que llevó a lo colectivo la fidelidad al propio deseo, la voluntad de cambiar el mundo de base y de llegar al final en consecuencia (jusq'au bout, cantaba Moustaki haciendo apología de la revolución permanente "sans la nommer"). El siglo fracasó terriblemente, porque el siglo XX fue también el siglo del fracaso. Pero desde el principio apostó a ello: desde los existencialistas a las novelas de entreguerras, el siglo se forjó una identidad propia, la del individuo que ha perdido toda identidad y que ha sido arrojado a la existencia sin nada entre las manos. El siglo apostó a esa figura, la misma figura a la que apostamos nosotros, los dinosaurios del siglo, los que nos acordamos de que el mundo y la propia "naturaleza humana", por parafrasear las palabras de Virginia Woolf en los comienzos del siglo (en su versión corta, que es el siglo que nace entreguerras), cambió en 1989. Si apostó como apostamos desde los izquierdistas irreductibles a los viejos rockeros (ellos también son personajes del siglo), es porque el siglo XX fue un histérico por excelencia: el siglo XX partió desde la heroica asunción del fracaso, desde el principio casi kantiano de que ningún hecho concreto patológico habrá de satisfacer nuestro deseo, que no es deseo de otra cosa sino del propio deseo. El siglo tenía la potencia del histérico. El siglo no cedió en su deseo, por eso es el siglo de los héroes vencidos, que actuaron sabiendo perfectamente que aquello a lo que estaban mirando iba mucho más allá de cuanto iba a existir. Miraban algo como el cuadrado negro sobre fondo blanco de Malevich (el objeto del siglo, escribe Gérard Wajcman). Eso a lo que miraban, el abismo de la nada absoluta, el resto de un vacío, de una falta ontológica... era precisamente lo que los mantenía con vida. Y de qué manera. No ceder en el propio deseo, significa justamente mirar ese vacío y actuar en consecuencia con él.Y los "postmodernos", los que no recuerdan que cayó el muro, los que viven sin historia... esos vienen con los tiempos contrarrevolucionarios y a ellos pertenecen, ni más ni menos. Poco hay que decir, excepto que su debilidad victimaria los hace más violentos y peligrosos de lo que fue el siglo XX. El terror ni siquiera ha empezado. Pero claro, yo soy un dinosaurio del siglo y me pongo en lo peor.




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