martes, 30 de septiembre de 2008

Elemental, querido Holmes



No puedo vivir sin hacer trabajar mi cerebro. ¿Qué otra cosa hay por la que merezca vivirse? Mire por esa ventana. ¿Vio usted jamás un mundo tan triste, lamentable e improductivo? Vea cómo la niebla amarilla remolonea por la calle y se desliza por delante de las casas de color castaño grisáceo. ¿Puede existir nada tan irremediablemente prosaico y material? ¿De qué le sirve a uno tener facultades, doctor, si carece de campo en que poder ejercitarlas? El crimen es una vulgaridad, la vida es una vulgaridad, y no hay en este mundo lugar sino para las dotes vulgares de la persona.
(Holmes, puede que un poco transmundano, en El signo de los cuatro, de Arthur Conan Doyle.)

Estoy releyendo un poco los libros de Sherlock Holmes. Pese a cierto toque artificial del personaje, es agradable reencontrar en él ese gusto por la reflexión, que incluso se convierte en una auténtica pasión por lo racional y lo deductivo... frente a los señuelos vacuos de la vida cotidiana. Lo que el personaje ilustra, es que el pensamiento no es ni mucho menos ese "enemigo de la vida" tal como lo plantearon los románticos (recuérdese lo que dijera Goethe), sino que en el pensamiento existe un momento de goce excesivo cuya potencia es tal que naturalmente llega a imponerse sobre otras cosas... pero que no por eso lo convierte en "desecador" de ellas sino todo lo contrario. Nietzsche habló al respecto, pero mientras el lector superficial se queda en cierta actitud pseudo-vitalista, la verdad es que si algo formuló Nietzsche era más bien el punto de voluntarismo excesivo y omniabarcante que existe en el hecho de crear conceptos.

Lo cierto es que aterra un poco ver cómo el pensamiento se encuentra tan desprestigiado en los medios "cultos". Desde luego es un hecho histórico: el intelectual ocupado a tiempo completo ha sido desplazado por el diletante, el periodista, o el "mediador cultural". Pero resulta triste ver gente con formación universitaria menospreciar así el pensamiento. Quizás en la constatación de este hecho histórico, y en la necesidad de una toma de partido política, resida la importancia de recuperar la pasión por el pensamiento: el pensamiento es lo que revela lo real, más allá de las prácticas cotidianas que nos cobijan; por eso es tan terrible y asfixiante. Siempre fue más cómodo hacerse un lado y mantenerse menor de edad en la casa paterna de la costumbre.

Goya decía que el sueño de la razón produce monstruos. Siempre encontré ambigua esa frase: es cierto que el pensamiento crea fantasmas e ilusiones, sueña; pero no es menos cierto que en cuanto se echa a dormir, en cuanto se apoltrona, la realidad cotidiana y sus mecánicas certezas, sus formas rutinarias de dominio y silenciamiento, crean a su vez los peores monstruos de la superstición o el misticismo.

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