domingo, 2 de diciembre de 2007

¿Monarquía bananera? Sí, por favor

Algunos políticos, y algunos adeptos suyos (me niego a dar nombres: pronto serán olvidados) tienen la fea costumbre de apelar al “sentido común”, a la “gente normal”. No se me ocurre ahora ningún político de izquierda que haya manejado ese concepto. Sin embargo, se me ocurren muchos entre las derechas. El concepto de “pueblo” o “masa” no cuenta: sabemos bien que el proletariado fue definido por Marx, justamente, como el elemento irracional anómalo de la sociedad hegeliana (entendida precisamente en términos de totalidad racional).
El caso es que la “gente normal” no existe: apelar a su pensamiento significa apelar a la ausencia de todo pensamiento. Apelar a su gobierno (al gobierno de la “gente normal”) significa apelar al desgobierno –a la anarquía del capital.
Por eso mismo, no es extraño que por definición las derechas sean antimonárquicas. Es obvio que todo monarca es, tiene que ser un anormal. Teniendo en cuenta las ceremonias en las que participan, las bodas de Estado semiconcertadas (y la endogamia de los linajes), acompañado todo ello de arbitrarias leyes sucesorias… sería raro que alguien procedente de aquí no fuese un idiota.
Ahora bien, que el monarca, el jefe de Estado, sea un idiota y un anormal, ¿no es acaso la estructura que hace posible preservar la política? Y en último término, el acceso al poder de la anomalía social por excelencia: la clase explotada. (El monarca, como cabeza visible del Estado, no hace sino descubrir la irracionalidad de ese mismo Estado: de este modo metaforiza el asunto verdadero, que es la anormalidad social llamada lucha de clases.) A la inversa, hoy mismo estamos viendo (en España, con el “caso jueves”) que quien acude en defensa de “la dignidad de la corona” no es otra que la derecha más astuta y maniobrera. Pretender que nadie pueda reírse del monarca, significaría efectivamente normalizarlo. El monarca tiene que comportarse como tal (como un Rey digno), para que el candidato político de la derecha pueda imitarlo en su mensaje televisivo. El monarca tiene que comportarse como un presidente de la república, para legitimar el acceso a la presidencia del gobierno de aquél líder “serio”, “convincente” y “normal”. Si el monarca no convence, si es francamente risible, sus imitadores acabarán siéndolo por partida doble. ¡Pero eso es intolerable!
Que el jefe del Estado sea un idiota, un anormal sin capacidad política alguna (un tonto sin voluntad)… es precisamente lo que debe ser preservado en cualquier república. El método de la sucesión solamente podría ser sustituido por otro, el del sorteo. Pero el sorteo es la arbitrariedad injustificada, que no puede sostenerse sobre un argumento biológico (argumento este que podemos asumir perfectamente, y del cual al mismo tiempo podemos distanciarnos con ironía: pues este es el núcleo del asunto).
Por eso la verdadera república es la tan venerada (aunque la solemnidad sea aquí un error) “monarquía constitucional”: situar voluntariamente, en la sacrosanta cima del poder del Estado, a un idiota firmemente amordazado. El anormal hace posible un espacio de indefinición en torno a qué sea la supuesta normalidad. En torno por tanto a quién es el más apto para ejercer el poder. Por tanto, es la garantía simbólica de que cualquiera pueda ocupar el verdadero poder político, que no es sino el del gobierno.
Frente a esto, los republicanos que pretenden el gobierno del más apto, los republicanos que pretenden que el poder quede en manos de un jefe de Estado legítimo, actúan como verdaderos monárquicos. ¿No es el caso en la burguesa Francia, cuyos presidentes (desde de Gaulle a Chirac, e incluso a Sarkozy) se rodean de un aura mística, que es precisamente la del poder feudal absoluto (la de la monarquía versallesca de Luis XVI)?
El psicoanalista Jacques Lacan decía que un loco no es únicamente el mendigo que cree ser rey: es también el rey que cree serlo. La ventaja de la monarquía constitucional es que nadie cree en ella. Esta es, como salta a la vista en el ejemplo francés, la diferencia que marca un rey frente a un infatuado presidente de la república.

2 comentarios:

Luis dijo...

Me adelanto a posibles réplicas, sentenciando: prefiero mil veces que el Estado sea representado por un idiota, que por una eminencia. Por muy afrancesado que pueda ser, no soy tonto: en la "republicana" Francia no hay manera de que gobierne la Izquierda. Claro, es que la Presidencia de la République es demasiado importante para que la ocupe cualquiera, n'est pas?

Luis dijo...

He separado el texto de la imagen, dado que naturalmente, no estoy refiriéndome a ningún monarca "empírico", y menos a ese (aunque el asunto tenga su relación).