Aunque Derrida, con celo e inteligencia, afina las «armas de la crítica», le falla, sin embargo, la otra espectrología, la organizada por la «crítica de las armas» . De hecho, el fantasma del comunismo no es sólo el producto de la crítica; es también y sobre todo una pasión, destructiva del mundo del capital y constructiva de libertad, «el movimiento real que destruye el presente estado de cosas». Llegados a este punto, permítaseme poner un ejemplo. En los Souvenirs de Alexis de Tocqueville se narra un día de junio de 1848. Estamos a la hora de la cena, en un bello apartamento de la rive gauche, VII Arrondissement. La familia Tocqueville está reunida. Sin embargo, en la dulce velada resuenan los cañonazos que la burguesía lanza contra la canalla obrera insurgente: estruendos lejanos, de la rive droite. Los comensales se estremecen, los rostros se entristecen. Pero a una joven criada que sirve en la mesa y que viene del Faubourg Saint Antoine, se le escapa una sonrisa. Es despedida en el acto. ¿No había acaso, en aquella sonrisa, el verdadero espectro del comunismo? ¿El que aterrorizaba a los zares, al Papa... y al Sieur de Tocqueville? ¿No planeaba allí una chispa de la alegría que constituye el espectro de la liberación?(Toni Negri, "La sonrisa del espectro", en Michael Sprinker (ed.), Demarcaciones espectrales. En torno a Espectros de Marx, de Jacques Derrida, Akal, Madrid, 2002).




2 comentarios:
Alguna vez leí en alguna parte que los bulevares de París los construyó Hausmann para que la caballería pudiera maniobrar mejor contra las masas manifestantes y la artillería dispararles a conciencia sin dañar los edificios colindantes. Y es que el urbanismo burgués siempre ha sido muy cabrón.
Brindo por la criadita y su sonrisa. Al infierno Tocqueville y sus paparruchas de demócrata censitario.
Brindo yo también. Pero esconderé mi sonrisa a según quienes... por el momento.
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