miércoles, 14 de noviembre de 2007

Clandestinidad... democrática (y 3)

Vamos a hablar ahora del aspecto central de las conferencias, lo que viene a ser propiamente su “lectura”. De acuerdo, sobran las comillas: hoy en los congresos, raro es el conferenciante que no se limita a leer. La pregunta es: ¿por qué no les importa ya quedar mal? Yo al menos, cuando lo hago (todos lo hacemos), me siento mal. Leer una conferencia, significa fundamentalmente que uno no maneja con suficiente soltura el tema que va a exponer (por eso se limita a seguir a rajatabla su “hoja de ruta”). Significa también que, en relación con esto, el texto de la conferencia no habría sido suficientemente trabajado. En definitiva, tiene todo el aspecto de que el conferenciante acaba de imprimir el texto en el hotel (tal vez con una impresora para portátiles: el mundo de inutilidades tecnológicas para yuppies avanza que es una barbaridad).
Pero finalmente, hay un procedimiento que logra la degradación absoluta de toda conferencia, y que justifica el hecho de que la propia palabra, “conferencia”, sea repelente de por sí. Ese procedimiento, lo habréis adivinado, es el PowerpointTM. Qué decir: una herramienta de OfficeTM, por muy útil que sea, debe contener algún aspecto tenebroso y perverso (como las extravagantes plantillas de diseño del PubliserTM o del FrontpageTM...). El PowerpointTM procede, naturalmente, de la lógica empresarial. Sirve para hacer exposiciones sobre cuotas de mercado, sobre diseño publicitario… y en general para todas esas reuniones tipo cúpula directiva que hemos visto en tantas películas o series de televisión (espero que no lo conozcáis de primera mano, en tal caso os compadezco).
También los congresos están llenos de tipejos que llevan sus PowerpointTM, y para rizar el rizo, guardados en esos útiles Pendrive (/pen-draiv/). Aunque parezca mentira, no les da vergüenza. Esto es lo peor de todo: la victoria ideológica de cierto modo de conformidad con el estado de cosas sin crítica ni sátira posibles, en nuestra era de pura y dura contrarrevolución (de intento de desmantelar todas las victorias de la clase obrera durante el excelente -y monstruoso, a partes iguales- siglo XX).
Voy a cerrar aquí, con una cita de ese exquisito blog llamado Minima moralia, y que hoy Adorno habría tenido que concretar efectivamente en la forma de un blog (puesto que es cosa sabida que hoy no se publican libros):

Key people. El tipo del presumido que sólo cree ser algo cuando es confirmado por el papel que desempeña en colectivos que no son tales, pues no existen más que por mor de la propia colectividad; el diputado con el brazalete, el orador emocionado, que inicia la parte final de su discurso salpimentado de sano humor con un “quiera”, la hiena benefactora y el profesor que corre de un congreso a otro –todos ellos movían en otros tiempos a risa como ingenuos, provincianos y pequeñoburgueses–. Desde entonces, la semejanza con las hojas volantes ha ido desapareciendo; pero el principio se ha propagado con brutal seriedad de las caricaturas a toda la clase burguesa. (Th. Adorno, Minima moralia, Madrid: Akal, 2004, p. 261.)

En fin, ya he copiado suficiente. Seguid leyendo vosotros el resto.
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PD.: Nuestro amigo Arsace ha colgado en su blog "Happy End", del tándem Brecht-Weil. Mis felicitaciones. No os perdáis el gran final: ¡Hosanna, Rockefeller, Hosanna Henry Ford...!

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