domingo, 4 de noviembre de 2007

En la funda de un violín, escondo mi Olivetti

La informática es desagradable. Somos víctimas de los procesadores de textos: hay algo perverso en tan exquisito refinamiento. Me pregunto si es posible escribir algo serio, en la compañía de esos golpecitos ahogados con los que suena el teclado de un portatil. El mío suena como pies mojados caminando por el suelo del baño -siniestro.
En cambio, las teclas de una Olivetti siguen sonando con la fuerza de un hombre-máquina. Escribir a máquina es un acto público, y fue la forma en que los modernos sustituyeron el recitado de poesías. Frente a la poesía, cuyo ritmo reside en la lectura, la máquina de escribir dotó de música a la escritura. Su música no era ya deleitosa contemplación, sino implacable puesta en acto de una intervención social. Si el lápiz anotaba a escondidas (una frase escrita a oscuras en la penumbra, entresacada del sueño), la máquina de escribir barría el terreno con la arrogancia de una ametralladora. Daban ganas de escribir como los protagonistas de una película de los años cuarenta, con el sombrero echado hacia atrás y una colilla en la comisura de los labios. Daban ganas de escribir por el mero hecho de hacerlo, como disparos al vacío, sin detenernos en la ortografía ni en el estilo.
¿Y el ordenador? Una técnica solitaria, doméstica... para una era domesticada.

No hay comentarios: