viernes, 9 de noviembre de 2007

La novela policial de Hammett y Chandler

La novela policial es seguramente el gran género narrativo auténticamente propio del capitalismo: un género sórdido pero al tiempo denunciante, un espejo privilegiado para devolvernos cierta realidad histórica de la que surge. Género que por tanto sólo pudo desarrollarse concretamente allí donde el capitalismo y sus contradicciones económicas y sociales eran más avanzadas (allí donde la prosperidad capitalista atraía como moscas a políticos y funcionarios corruptos, a empresarios sin escrúpulos, a timadores y demás lumpen): por eso dio sus primeros pasos en Inglaterra, para alcanzar posteriormente todo su esplendor en los Estados Unidos; se consolida justamente en el periodo de entreguerras («felices» años veinte, ley seca…), y se prolonga con la hegemonía económica norteamericana en Occidente desde la posguerra.
En esta línea uno de los hitos imprescindibles podría estar en el genial Cosecha roja de Dashiell Hammett, obra fundamental del padre de una «serie negra» que alcanzaría la perfección en su heredero Raymond Chandler (creador del famoso detective Phillip Marlowe). A diferencia de otros intentos anteriores, en este tipo de relato policial el detective no se enfrenta a un estado de cosas ya dado e inmutable, a un orden perfecto en que se inserta el crimen como un objeto extraño. Ese relato «conformista» era una tendencia frecuente en las obras de Conan Doyle protagonizadas por el personaje de Sherlock Holmes, sofisticado gentleman londinense con la afición casi frívola de investigar los casos más extraños que pueda encontrar, y nacido a imitación de la trilogía de Edgar Allan Poe en torno a Auguste Dupin (como el excelente relato titulado La carta robada, que inspirase algún que otro seminario de Lacan). Ese conformismo también es habitual en las maniqueas series televisivas de temática más o menos policial, en las que pulcros y siempre honradísimos policías, que jamás cuestionan su trabajo, envían a los criminales al presidio o a la silla eléctrica con la alegre satisfacción del deber cumplido.
En lugar de yuxtaponer un orden social legal, un suceso criminal y un investigador más o menos neutro y limpio que suele ser una especie de servidor del orden, proezas como Cosecha roja o El largo adiós (yo diría que la mejor novela de Chandler) entremezclan esos elementos: el orden ya no está tan claro, la corrupción se confunde con la ley, el investigador ya no está tan definido y peor aún, lo sabe –tiene la insoportable certeza de que, incluso cuando interpreta la ley demasiado laxamente, sigue formando parte de un violento mecanismo de opresión. Él es un afuera de la ley, pero justamente es ese afuera en que se funda la ley misma –en otras palabras, él constituye esa imprescindible fuerza subterránea que se ocupa del «trabajo sucio» de engrasar el mecanismo de desigualdad social y caciquismo estatal.
La ley y el orden mismos se confunden con el crimen: ejemplo de ello es (espectacularmente en Cosecha roja) el detective que asesina, arranca una confesión, truca las pruebas, provoca un baño de sangre enfrentando entre sí a los gangsters y contrabandistas de alcohol locales… siempre en su verdaderamente trágica búsqueda de aproximarse, en un cosmos corrupto, a lo que medianamente puede intuir como justo. (Por eso estas novelas de detectives, que prefiguran el relato anti-heroico en el cual el protagonista es un individuo normal que ya no forma parte de los aparatos represivos públicos o privados, conservan sin embargo un elemento que sus sucesores no han podido reproducir: la tensión que hay entre el crimen y la ley –la ley de la que se sirve el crimen, el crimen del que se sirve la ley.)
Ahora bien, pese a la corrupción el orden social, sucede que en las manos del detective de las novelas de Hammett o Chandler la propia ideología oficial de ese orden se transforma en una herramienta de subversión. Cuando el detective se niega a dar información sobre su cliente, cuando reivindica su libertad para emprender un trabajo autónomo (y es que el detective es un empresario), cuando cumple a rajatabla el quid pro quo del contrato, y en definitiva se somete rigurosamente a la disciplina legal y ética del liberalismo anglosajón (algo parecido sucede con Perry Mason, el impecable abogado protagonista de las novelas de Erle Stanley Gardner), está sin embargo haciendo chirriar todo el sistema social y estatal: al insistir en cumplir su contrato recibe toda clase de golpes, se resiste a un interrogatorio policial, hace enemigos políticamente poderosos… se opone por tanto al orden establecido, que todas esas leyes pretenden salvaguardar. Quizás cuando interpreta laxamente la ley se hace peligroso a las autoridades, pero no tanto como cuando se empeña en acatarla –porque el crimen, como todos sabemos, es la justificación pero también la condición fundante de todo orden de legalidad, así como el medio de su realización a través de las instituciones estatales.
¿No es eso justamente lo que sucede hoy día? Sabemos que el ejército estadounidense (y no es el único) acostumbra a contratar mercenarios y a adiestrar tropas locales que le hagan el trabajo sucio en sus intervenciones militares en el extranjero, y que recurre a países aliados para establecer en ellos bases secretas donde no se pueden aplicar las leyes norteamericanas sobre el trato a los prisioneros –donde por tanto se puede torturar tranquilamente. Precisamente, el ejército de un país tenido tradicionalmente por máximo exponente de la defensa de las libertades –pero esta paradoja no es azarosa. Y es que precisamente, el crimen se convierte cada vez más en el instrumento para cumplir la ley: por eso se nos dice que para defender nuestras «sociedades abiertas» liberales tenemos que hacer ciertos sacrificios, tenemos que dibujar una zona de excepción legal que defienda la ley misma. Por supuesto, desde el momento en que la ley precisa de su incumplimiento queda cuestionada su validez. Pero eso no importa: la ley nunca se ha hecho para ser cumplida, la ley exige de nosotros un cierto distanciamiento cínico, un desdoblamiento de la conciencia. Mientras que tenemos que acatarla a voces, mientras que todos tenemos que ser defensores implacables por ejemplo de nuestra Constitución, sin embargo se sobreentiende que hay un desfase entre ella y su realización.
Quizás Marlowe (o cualquiera de estos detectives de novela) no sea ningún fino analista político, de hecho encarna el tópico del «hombre medio», él no es más que un trabajador que en lugar de atender en la ventanilla de un banco resuelve (y produce) crímenes. Pero precisamente por eso es que encarna a la perfección la conciencia de una clase trabajadora más o menos culta e instruida, sometida a esta tensión ideológica entre el concepto de la ley y la realidad de su cumplimiento: entre las apologías liberales del politólogo (y demás moscas palaciegas) y la constatación superficial, empírica y quizás confusa, de su contradicción con la realidad. Esa llamada «clase media» que de algún modo alberga un potencial político demoledor, porque pese a ser prisionera de las evidencias ideológicas de su sociedad, supone no obstante el vivo ejemplo de que el statu quo no es justificable ni siquiera desde su ideología oficial. Ese es el profundo fracaso del liberalismo: que su fondo de verdad, las (en principio justas) reivindicaciones emancipatorias que pretende encarnar y que alimenta desde sus altavoces ideológicos, no pueden realizarse jamás en su seno; y así esta contradicción, con la que sobrevive el «hombre medio» y que excede ya los supuestos límites de una novela de detectives, lo caracteriza en el fondo como un inconformista y le proporciona ese empuje tan imprescindible que posibilita lo mejor de la inventiva humana en su búsqueda incesante de una nueva pluralidad de prácticas alternativas.

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