¿Por qué los filósofos fracasan? Platón, en su apuesta por la República ideal. Los Santos Padres de la Iglesia, en su apuesta religiosa (por no hablar de Pascal, firme defensor al respecto del concepto de la apuesta). Hegel, en su apuesta por Napoleón. Nietzsche, en su apuesta por el «superhombre». Freud, en su viaje a los EEUU confiando en que a los norteamericanos les llevaba la peste (se equivocó, fue al revés: el psicoanálisis americano se ocupó muy mucho de acabar con todos los rastros reconocibles del legado freudiano).Todos estos pensadores, entre los más grandes, se caracterizaron fundamentalmente por dos factores:
- En primer lugar, estos pensadores apostaron (y apostaron fuerte).
- En segundo lugar, su apuesta fue lo suficientemente fuerte como para, en mayor o menor medida, fracasar.
Tal vez este segundo concepto resulte difícil de comprender, en estos tiempos en que tan obligados nos vemos a triunfar, a hacerlo todo bien, a jamás cometer errores, a jamás mostrarnos improductivos (desde el punto de vista del estado de cosas dado). Si realmente fuese así, si no fuésemos «improductivos» para la situación actual, significaría ello que la historia habría acabado y que no quedan hoy espacios vacíos a partir de los cuales se vaya a alumbrar cualquier tipo de transformación. Pero ello sería absurdo.
Apuesta y fracaso, son en último término inseparables. ¿Podemos entender una apuesta, si al final ella retrocede ante su propio fracaso? La grandeza de una filosofía podría medirse por su capacidad para fracasar estrepitosamente… y dejar el paso libre a los demás. Por eso seguimos leyendo a los viejos filósofos, por eso ese tipo de lecturas sirven para nuestra «formación»: nos enseñan cómo unos filósofos hacen sus apuestas, cómo posteriormente son puestos en evidencia, y cómo en consecuencia se desmoronan para ser sucedidos por un nuevo pensamiento.
Los viejos filósofos no nos enseñan sus triunfos, sino sus propias derrotas. Nos descubren nuestra propia historicidad: nuestra caducidad frente al porvenir, pero también nuestra potencia de transformar lo viejo.




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