Este viernes pasado, visité la muestra
Sorolla, visión de españa que han traído al Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, donde seguirá hasta septiembre.
Mis observaciones no son de orden técnico (no soy historiador del arte, de hecho no me creo eso del "arte": me parece que hay por ahí
cierto libro que destripa el asunto al respecto, aunque conste que yo no lo he leído) sino más bien socio-político. Una vez le oí decir a un profesor de Estética filosófica que la estética es en realidad una sociología: afirmación correcta por cuanto que no se puede pretender estudiar la categoría de "lo artístico" si no se la contextualiza adecuadamente dentro de una historia colectiva en la cual existen cosas un tanto desagradables para el pensamiento "estético", detalles un tanto menores como la política, las luchas de clases, los aparatos de Estado, las guerras y saqueos, etcétera.
En primer lugar, dado que soy rojo y antipatriota, es obvio que el tema de la "visión de España" me mosqueaba un tanto. Que a la entrada regalasen un póster-catálogo (personalmente rehusé tomarlo) donde se reproducía el cuadro titulado
"Los nazarenos", no ayudaba mucho a reconciliarme con la temática.
Pues bien, poco puedo decir sobre Sorolla que no sepamos ya. "Joaquín Sorolla y Bástida supo captar la luz del Mediterráneo de forma única", leo
en algún lugar. Y efectivamente, esa es la temática central del asunto. Luz, Mediterráneo, visión de España.
Mucho se ha escrito sobre la metáfora de la visión, ligada a su vez al intelectualismo de los filósofos clásicos. Es el caso-Grecia: los griegos consumaron aquél célebre "paso del mito al logos", porque ellos supieron ver como era debido, y fueron capaces de discernir las formas de las cosas más allá de confusas fantasías. Para más inri, los griegos eran una cultura de la visión (diferencia en esto con los judíos, una cultura del oído según dicen) porque habitaban la luminosa claridad del mediterráneo, donde efectivamente se favorecía la racionalidad, las exigencias de un pensamiento claro y distinto. Nada parecido a lo que vendría más tarde en el caso del Idealismo Alemán, cuya enrevesada jerga no podía ser sino producto de un clima brumoso.
Conclusión: la visión es un acto puramente receptivo. La luz favorece la visión, y por tanto para ver claramente "el modo como las cosas son", no hay más que llevar a cabo una especie de "toma de conciencia", una supresión de engaños y prejuicios que son su obstáculo, del mismo modo como se descorre una cortina. Quien no es capaz de ver, es porque no ha hecho ese esfuerzo.
Aquí entra Sorolla: para ver lo que sea España, es preciso mostrarla con claridad, con luminosidad.
Ahora bien, naturalmente que la visión no es un acto receptivo condicionado únicamente por la luminosidad que haya de traer el objeto a presencia (como diría Derrida). El objeto de la visión, se produce. Los conceptos no preexisten, sino que son producidos dentro de una cadena de significantes. Así, para producir un objeto de pensamiento como sea por ejemplo el "oxígeno" (por jugar con aquél célebre pasaje de Engels) se hace preciso situarlo dentro de una estructura teórica distinta de aquella que en las mismas condiciones, dice ver otra cosa distinta, a saber, "aire desflogistizado".
Del mismo modo que el flogisto y el oxígeno, la "visión de España" se produce. Y los cuadros costumbristas, naturalmente, juegan un excelente papel. La famosa "luz del Mediterráneo" no es aquí garante de la visión, sino que es en sí mismo otro mito que se hace cómplice de otra ficción llamada "España". Por supuesto que no se trata aquí de censurarla en tanto que ficción: llamar a esto "Iberia" sería poner en su lugar otra ficción distinta. Lo interesante es evaluar qué es lo que se consigue con el objeto "España", cuáles son sus condiciones de producción en un tiempo y lugar determinados, y cómo se encadena con otros conceptos que lo refuerzan (como el de la "luz del Mediterráneo").
En definitiva, y volviendo a Sorolla, ¿qué quiero decir con todo esto? Pues que los cuadros, cuadros son y no hay que creérselos sino objetivarlos. Y para eso, conviene tener en cuenta las condiciones en que se gestaron los cuadros que vemos en la mencionada exposición. Pues bien, resulta que dichos cuadros responden al encargo de un tal
Archer M. Huntington para pintar la decoración de la biblioteca de la
Hispanic Society en Nueva York. El tal Huntington, era hijastro de un magnate de los ferrocarriles llamado
Collis Potter Huntington.
Tengo en mis manos un viejo libro:
Hombres de empresa y hombres de presa. Historia y anécdota de las grandes fortunas americanas, de Stewart H. Holbrook (Madrid, Aguilar 1958). Aunque antiguo, resulta bastante recomendable y en especial para aquellos ingenuos que puedan seguir creyendo que alguien alguna vez se hizo rico trabajando. Collis Potter Huntington pertenecía al grupo de los
Cuatro Grandes de California, que manejaban el monopolio del Central Pacific. Ahí va una anécdota sobre el tendido del Southern Pacific, otra línea que formaba parte del emporio (la traducción del texto pinta mal, pero se entiende):
Mucho antes de finales del siglo, no sólo dominaba el Southern Pacific todos los transportes dentro de California, sino que la gran masa de californianos creía que era imposible distinguirlo del Estado mismo. Tenía puestos los ojos en todo. En cuanto veía que se necesitaba alguna nueva ley para fomentar los intereses de los Cuatro Grandes, se procedía a redactarla y aprobarla por la bien domesticada legislatura. También las autoridades de distrito y las municipales se mostraron abyectamente dispuestas a servir los intereses del Southern Pacific.
Durante el año 1870 se dejaron sentir pequeñas rebeldías contra semejante dominio, pero fueron aplastadas con mano tan pesada, que muy pocos periódicos se atrevieron a dar cuenta de los hechos. Pero el año 1880 la gente se desmandó, con motivo de la tragedia del
Mussel Slough, que se originó con la resolución tomada por el Southern Pacific de expulsar a los que decía que eran intrusos en sus tierras de San Joaquín Valley.
Los llamados intrusos formaron la Settlers Rights League para combatir mancomunalmente contra los supuestos derechos que el ferrocarril alegaba tener sobre las tierras en cuestión. La tentativa de los asentados en las tierras fracasó en todas las etapas del laberinto legal de los Tribunales, y en su consecuencia el Southern Pacific solicitó que se procediese al lanzamiento de los intrusos.
Cierto día del mes de mayo de 1880, el mismo que los afiliados a la Settlers Rights League habían elegido para celebrar una gira y una reunión pública, se presentó un funcionario federal con dos guardias y otro individuo, del que se ha dicho, con bastante fundamento, que era un agente provocador pagado por el Southern Pacific.
El primer granjero que iba a ser lanzado se llamaba Brewer. Un grupo d granjeros cerró allí el paso al funcionario y sus hombres. El titulado agente del Southern Pacific empezó a hacer disparos. Los granjeros contestaron. Cuando se disipó la humareda, cinco granjeros y dos funcionarios yacían muertos. Para responder de este último asesinato fueron encarcelados, juzgados y condenados diecisiete granjeros, que fueron luego enviados a presidio. Nada se hizo para castigar el asesinato de los cinco granjeros. (S. H. Holbrook, pp. 197-198.)
Dadas las circunstancias, no me extraña que el hijastro de Collis, Archer, se encontrase en una situación idónea para la filantropía. Fue su dinero el que subvencionó las pinturas de nuestro buen Sorolla, que según dicen había tenido que hacer concesiones a las modas de la época cuando pintaba obras de "realismo social" como aquél "Y dicen que el pescado es caro". Fue en la Sociedad de este filántropo e hispanista, donde acabaron los cuadros de nuestro buen Sorolla. Todo entra a formar parte de la misma lógica, aquella que conduce desde el poder económico hasta las sociedades hispanistas (que dudo hubiesen encargado un cuadro contrario al mito de España) y finalmente hasta los pintores a sueldo.